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Opinión: Quiéreme Mucho
A través de un video titulado 'Rombo', Romney aparece armado con una metralleta, disparando bolas de barro cada vez que aparece la imagen de Santorum.
- Getty Images
Por John Gutierrez, analista político para Univision, WXTV 41.
Quiéreme Mucho.
Si uno fuera a llegar a este país del extranjero y se pusiera a analizar la interna presidencial del Partido Republicana, rápidamente diría que el favorito para ganar la contienda es el ex gobernador de Massachussets Mitt Romney. Desde su derrota en la interna del partido en el 2008, Romney se ha dedicado exclusivamente a establecer vínculos con los políticos republicanos más importantes del país, a recaudar millones de dólares de los más importantes y ricos contribuyentes del partido, y a crear un equipo de campaña que cuenta con los mejores encuestadores y los más talentosos productores de anuncios políticos. Pero a pesar de todas estas ventajas Romney se encuentra a mediados de febrero luchando por la sobrevivencia de su campaña. Las últimas encuestas en el estado de Michigan—estado donde Romney se crió y donde su padre fue por años el gobernador—indican que Romney la va a la zaga a Rick Santorum por unos cuatro puntos. La diferencia no parece muy grande, pero el peso psicológico de enfrentar un electorado tan dividido en un lugar donde el nombre Romney lleva tanto peso es casi insoportable.
La pregunta que nos hacemos quienes hemos estado analizando esta contienda de cerca—y me imagino que también se hace Romney mismo—es ¿por qué, a pesar de todas las ventajas habidas y por haber, Mitt Romney no ha podido dar el golpe decisivo para captar la nominación de su partido? Son muchas las posibles respuestas a esta pregunta. Por una parte pudiéramos decir que Romney carece de personalidad política. Cualquiera que haya escuchado uno de sus discursos no lo confundiría con Ronald Reagan o ni siquiera un Chris Christie. Entre los adjetivos utilizado para describir a Romney he oído “robótico”, “plástico” y “monótono”. Puede ser que la religión de Romney sea el obstáculo. Recordemos que los evangélicos protestantes—muchos de ellos Bautistas en el sur del país—son los que forman la base del Partido Republicano. Para estos, el hecho de que Romney sea un líder de la iglesia Mormón—un culto que muchos cristianos equivalen a una herejía—lo descalifica como posible candidato a la presidencia.
Pueden ser, de hecho, muchas cosas.
Para mi, sin embargo, el problema que enfrenta Romney es un problema que va más allá del candidato. Lo que estamos presenciando es una lucha por el futuro del partido republicano. Por un lado, está lo que podríamos llamar la “vieja guardia” del partido. Estas personas se basan en una ideología a favor del libre comercio y el capitalismo; insisten en mantener fuerte la capacidad militar del país. Lo que es más, muchos de estos republicanos, a pesar de sus valores religiosos, prefieren que sus creencias no sean debatidas en el campo público. Por otro lado están quienes se autodenominan como “conservadores de conciencia”. Para estos, el reto más grande del país no es el desatar el potencial del capitalismo o competir económicamente con las emergentes economías de la China o la India. No. Para este grupo que en recientes años se ha ido apoderando del partido republicano, los temas más importantes son más bien de índole social y cultural. El disminuir las opciones de salud reproductiva de las mujeres, el luchar en contra de la igualdad matrimonial, el liberar al país de un presidente que muchos ven como un objeto foráneo en la política norteamericana. Para este último grupo Mitt Romney no es lo suficientemente conservador para representar sus intereses. Y es por eso que el candidato que lo tiene todo se vio obligado, durante un reciente discurso a los líderes ultraconservadores del partido, a describirse como un candidato “severamente conservador.” La frase fue motivo de risas y burlas por sus contrincantes y de alegría en la Casa Blanca donde se utilizará en anuncios en contra de Romney si este se convierte en el candidato republicano por la presidencia. Pero por encima de todo esa frase tan inelegante fue un intento por parte de Romney de pedirle a los conservadores de su partido, una vez más, que le quieran. Lamentablemente para Romney parece que el suyo es un amor no correspondido.
© 2012 Univision Communications Inc.
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